Yo manejaba una Blazer viejita, venía tan enojado, que no quería parar ni para hacer los altos. Era medio día en las calles tranquilas de Ensenada.
En un crucero, cuyas calles no recuerdo, la calle con la cual cruzaríamos estaba delimitada por vados muy marcados. Generalmente nos regresabamos por la calle que está a dos cuadras de esa, pero en esta ocasión, por las prisas y el coraje, tomé la calle equivocada. No me dí cuenta de los vados, y al ir con tal velocidad, tomamos el primero y el carro saltó para caer justo al comienzo del segundo y saltar aún más alto.
En ese momento vi todo como encámara lenta y desde afuera del carro, como un espectador:
En una esquina el personal de la gasolinería dejó de hacer sus actividades. En medio de la escena una Blazer viejita, color rojo oxidado, se despegaba del suelo justo en el crucero. En sentido contrario, la procesión de un funeral disminuía su velocidad para girar sus cabezas lentamente para seguir el movimiento de este vehículo.
Al caer, Carmen y yo volteamos a vernos. Intentamos contener la carcajada de adrenalina y regresar al enojo... pero no pudimos recordar la razón de él.
